Un santo para el síndrome de Down

Traducción del post original A Saint for Down Syndrome  escrito por William McGurn en New York Post el 24 de abril de 2014.

A saint for Down Syndrome
Otro héroe con síndrome de Down: Patrick Thibodeau de la escuela de secundaria Greely High School, vitoreado por los miembros de su equipo tras haber realizado un triple justo a la señal de final de tiempo en Cumberland, Maine.

 

El Dr. Jerome Lejeune falleció a causa de un cáncer de pulmón hace 20 años en París.

Lejeune fue el genetista francés cuyo logro en 1958  fue descubrir el cromosoma extra en el par 21 que causa el síndrome de Down. A pesar de que nunca encontró la cura que estuvo buscando durante el resto de su vida, sus pacientes le enseñaron algo que aquellos que miran la Trisomía 21 como algo exclusivamente médico con frecuencia pasan por alto: La alegría que estas almitas cándidas traen a nuestro mundo.

La alegría en un mensaje oportuno. Este domingo en Roma, dos Papas que trajeron alegría a las caras de los ciudadanos más débiles y vulnerables de nuestra sociedad -los ancianos, los enfermos, los prisioneros, los menos que físicamente perfectos -serán canonizados en la Plaza de San Pedro. Esto inspira la esperanza de que Jerome Lejeune quizá algún día se una al Papa San Juan XXIII y al Papa San Juan Pablo II en el calendario universal, como el santo patrón de aquéllos con síndrome de Down.

No es tan raro como suena: en Roma, el caso por la propia santidad de Lejeune está ya en procedimiento.

Las familias con Trisomía 21 podrían tener un santo patrón. No alguien que se compadecía de ellos. Alguien que apreció su característica más sobresaliente, que no es su tercer cromosoma, si no su completa humanidad. En su día, además de su investigación, el Dr. Lejeune trató a miles de pacientes con síndrome de Down -y su hija asegura que llamaba a cada uno de ellos por su nombre.

Con cada canonización, la Iglesia Católica envía el mensaje que los santos todavía andan entre nosotros. Y la cruz que el Dr. Lejeune llevó en vida fue única: Comprender que su descubrimiento habría ayudado a hacer posible el test prenatal que lleva a muchos padres a abortar cuando el síndrome de Down se confirma.

Es completamente humano. Cuando todo lo que sabemos sobre otro ser humano es su handicap, así es cómo los definimos. Y cuando definimos a las personas por sus handicaps, es difícil no verlos con sus ataduras, injustamente acoplando nuestras vidas bajo el yugo de sus discapacidades.

Irónica la realidad. Mirad las madres y padres a vuestro alrededor -sin mencionar hermanos y hermanas- que tienen algún miembro de su familia con síndrome de Down. Encontraréis una ausencia de sacos llenos de lágrimas y de mártires.

Muchos te dirán que ellos no empezaron así. Algunos maldijeron cuando supieron la noticia. Otros tuvieron miedo en secreto de no amar a sus bebés. Incluso las familias más generosas te dirán que hay días que parecen demasiado para sobrellevar.

Y entonces ellos ven algo que el resto de nosotros damos por supuesto -la sonrisa en la cara de un niño que acaba de aprender a atarse los zapatos -y una alegría que hace cantar a a los ángeles golpea su cara.

El resto sólo obtenemos destellos de esa alegría.  Existe un vídeo sobre Thomas Vander Woude, un ex piloto de la Marina americana y veterinario en Vietnam que salvó a su hijo con síndrome de Down, Joseph. Joseph cayó a una fosa séptica y Thomas salto para rescatarlo y se sumergió él mismo para que el chico quedara arriba, manteniendo la cabeza por encima de las aguas negras hasta que pudo ser rescatado. Podéis ver el vídeo haciendo clic aquí (en inglés).

En términos comunes, esta compensación no tiene sentido: una vida sana y feliz por la de alguien que siempre será dependiente. Pero escuchad a la familia Vander Woude, y en lugar de resentimiento encontraréis asombro y belleza  – y gratitud. Quizá es porque ellos también conocían la alegría de Joseph, la clase de alegría por la que un hombre fuerte ofrece su vida felizmente.

Cada día a nuestro alrededor hay personas con síndrome de Down que elevan lo común hacia lo inolvidable. Una multitud volviéndose loca cuando un chico con síndrome de Down se pone su uniforme de baloncesto y mete canasta. Los clamores de los compañeros de clase cuando su compañera con síndrome de Down se corona reina del baile de graduación. El joven que llega a casa de sus padres para transmitirle una electrizante noticia: alguien ha mostrado suficiente confianza en él para darle un trabajo.

Estos momentos se adquieren con más dolor en el corazón. Pero ahí esta la belleza. La alegría no está limitada a las personas con síndrome de Down. Los demás la probamos también cuando ellos dejan que su dependencia saque de nosotros nuestra parte más humana.

En los 20 años desde que murió el Dr. Lejeune, y en el medio siglo que ha pasado desde que hizo su más famoso descubrimiento, hemos aprendido mucho más sobre la Trisomía 21. La esperanza de vida para las personas con síndrome de Down ha aumentado, juntamente con las oportunidades para ayudarles a vivir de una forma más feliz, más saludable y con unas vidas más plenas.

¿Así que ofrece un santo patrón a aquellos con síndrome de Down? Un recordatorio de que hay más verdades fuera del microscopio, y una de ellas es ésta: El regalo especial de los débiles e imperfectos es enseñarnos a amar.

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